23 de Mayo de 2019
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Los tres monos sabios entre propósitos

Cuando comenzamos el año, lo suyo, lo habitual, lo lógico e incluso lo más correcto es confeccionar una lista de propósitos para el nuevo ejercicio en los que enfocarnos y comprometernos a su cumplimiento. Lista en la que nos deberíamos esforzar un poco más que en ocasiones anteriores, uno habla en primera persona, para cumplir el mayor número posible de los mismos.

En estos temas de propósitos, la intención es necesaria y se agradece, pero obviamente no es suficiente si no va acompañada del compromiso, el cumplimiento, la comprobación y la reorganización de objetivos con nuevos parámetros en caso de no haberlos cumplido adecuadamente.

Recomiendo que, con el fin de evitar frustraciones ya en el primer trimestre del recién estrenado año, los objetivos, propósitos o intenciones sean realizables, o lo más previsiblemente realizables posibles con el fin de que el cumplimiento de los primeros motive la continuación con los siguientes. Para ello considero que lo ideal es clasificarlos por tamaño o complejidad y comenzar por los que nos parezcan más sencillos.

 

 

Sinceramente, yo en esta ocasión me he puesto pocos. Tengo todavía alguno por cumplir del año pasado y, no depositando demasiada confianza a priori en mi capacidad de ejecutar lo previsto, no he querido sobrecargar la lista de futuros probables incumplimientos. Además, menos mal, ya que haciendo honor a la verdad no he comenzado bien, en ese aspecto, 2019. Transcurrido apenas un mes del año, y entonando un pequeño mea culpa, debo decir que algo a lo que me comprometí ya lo he incumplido y me he visto obligado a realizar un pequeño pit-stop para reorganizar y redireccionar determinadas actitudes con el fin de perjudicarme lo menos posible en el día a día por mi lamentable falta de compromiso.

Me comprometí a darle importancia únicamente a lo realmente importante y desprenderme en mi entorno, y sobre todo en mi cabeza, de todo y todas las situaciones que me perjudicaran, que realmente no me aportaran y de las que tangiblemente pudiera desprenderme.

Incumpliendo mi compromiso me he dejado llevar y de nuevo he vuelto a dar importancia desmedida a situaciones y personas que no lo merecen. Soy, o al menos así lo pensaba, de la opinión de que, si no puedes resolver el problema o no eres responsable del mismo lo mejor es cambiar tu actitud ante él, y es en eso precisamente en lo que había fallado, me había dejado afectar y no había sido capaz de cambiar la actitud manteniendo una que no era correcta y que me perjudicaba.

Aunque pueda parecer un tanto exagerado, estamos rodeados del mal, de una toxicidad en ocasiones desmedida generada por situaciones, actitudes y personas. Para protegerme de ese ambiente dañino he retomado un compromiso serio, y espero que esta vez muy duradero, con Mizaru, Kikazaru e Iwazaru. No, aunque pueda parecerlo, no estoy hablando de pokémones o personajes de alguna serie anime o manga de éxito en Japón y quién representan estos nombres te resultarán más cercanos de lo que pueda parecer.

 

 

Si, como yo, eres usuario de WhatsApp, reconocerás que es un invento que ha y simplificado la comunicación en los últimos años haciendo que prescindamos de la frescura del contacto personal o la ya casi obsoleta llamada de teléfono al uso. Con esta transformación se ha conseguido eliminar los matices, los tonos, las ironías, las muecas e incluso los dobles sentidos poniendo en peligro en ocasiones, amistades y relaciones debido a malentendidos provocados quizá por esa falta de matices que nos produce un medio de comunicación que en ocasiones intenta simplificar la transmisión de contenidos y sentimientos a un simple icono. 

Dentro de la iconografía wasappera, y la simplificación de la comunicación con esta app, seguro que has utilizado en muchas ocasiones para expresar que no quieres ver lo que te cuentan, que no has escuchado o quieres escuchar nada de lo que te están diciendo o que no quieres opinar sobre el tema que se está tratando, tres simpáticos monitos que aparecen tapándose los ojos, los oídos y la boca respectivamente. Este conjunto se denomina “los tres monos sabios”, “tres monos místicos” o empleando sus nombres propios; Mizaru, Kikazaru e Iwazaru respectivamente.

Ahí pretendía llegar, no a mi compromiso con los iconos de una app de máxima difusión y uso, pero si a la historia, el significado y las interpretaciones de los tres primates divertidamente gesticulantes.

 

https://minimae.com/products/3-monos-sabios

 

Aunque la leyenda de Mizaru, Kikazaru e Iwazaru (que se identifican respectivamente con el mono que no ve, el mono que no oye y el mono que no habla) tiene su origen en la mitología china, la primera representación, y la más famosa, de ellos es el bajo relieve realizado en madera por Hidari Jingorō sito sobre los establos sagrados del santuario sintoísta de Toshogu (1636) en Nikko, pueblo situado en un área montañosa al norte de Tokio, Japón.

Por supuesto que el significado atribuido al conjunto de los tres monos no es tan sencillo como podría parecer o transmitir la aplicación de whatsapp y tenemos desde versiones elitistas e intelectuales que los relacionan con el código de conducta de Confucio, hasta interpretaciones más populares en las que se le da un sentido de rendición, doblegamiento o sumisión ante el sistema que recomendaba no ver ni oír las injusticias ni expresar la propia insatisfacción. Sin olvidarnos de la que identifica a los monos como espías enviados por los dioses para enterarse de las malas acciones de los hombres.

El significado que para mí tiene el icono de los tres monos sabios, y el que intento implementar de nuevo en mi vida después de un breve lapsus, es que debo mantenerme, en la medida de lo posible, en paz, tranquilo, limpio de espíritu y que debo evitar el contacto con todo lo negativo que me pueda rodear, con lo toxico y con todo lo que me haga generar también esa toxicidad hacia los demás, ese odio o esa inquietud interior. Debo centrarme también en no ver las malas acciones como algo natural, no escuchar lo que me lleve a hacer malas acciones y no hablar mal sin fundamento.

 

Pop Shop III See No Evil de Keith Haring

 

En definitiva, y acercándome de nuevo a la esencia de Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, retomo el compromiso de alejarme del mal en todas sus vertientes incluidas las influencias y compañías negativas o tóxicas, por cercanas y cotidianas que resulten y dejar a un lado la información que no sea provechosa y en cambio sea dañina, cuidar las palabras y cerrar los ojos ante las cosas que no sean ni útiles ni buenas.

Aunque en ocasiones la forma de mantener nuestro equilibrio pasa por no decir todo lo que pensamos, no escuchar todo lo que oímos y no creer todo lo que vemos, cumplir con mi compromiso no implica hacerme el sordo, el mudo o el ciego con los problemas de la vida que surgen en mi día a día, es más, mi responsabilidad es intentar resolverlos, pero si alguno de ellos no puedo solventarlo, porque no tiene solución o por circunstancias ajenas a mis capacidades y posibilidades, lo que haré para afrontarlo será cambiar mi actitud ante él como hacía hasta este pequeño incumplimiento de propósitos.

Quizá comenzar el año incumpliendo propósitos no es la mejor forma de comenzar pero corregir si es la mejor forma de continuar.

 

Rafa Martínez

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