22 de Octubre de 2020
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Wabi Sabi, imperfecto y bello

No lucho por ser perfecto, si por ser feliz…

Hoy quiero acercarte al Wabi Sabi, y no me refiero al condimento japonés de color verde, amargo y picante que se utiliza habitualmente mezclado con la salsa de soja como acompañamiento para el sushi, hoy te quiero hablar del arte japonés y concepto zen de encontrar la armonía y el bienestar en la imperfección. De la capacidad de encontrar la belleza en las cosas sencillas, asimétricas, ingenuas, modestas, intimas, incompletas, imperfectas o poco convencionales.

 

 

Aunque, debido a la afición japonesa por la ambigüedad, no hay una definición exacta del término, podemos decir que Wabi incluye connotaciones de la belleza que nos aporta la simplicidad, la frescura, la quietud, la armonía, la paz y el equilibrio. Por otro lado, Sabi se refiere a la serenidad, belleza y la tranquilidad que llegan con la madurez intelectual a lo largo del paso natural del tiempo y también a la degradación y el apagarse algo que tuvo esplendor, significa en cierta medida entender que la belleza es efímera. Ambos términos juntos hacen referencia a la belleza de lo imperfecto, incompleto, defectuoso y/o inacabado.

Hay una vinculación entre el concepto Wabi Sabi con la técnica japonesa denominada Kintsukuroi, la cual consiste en la reparación de objetos rotos uniendo sus grietas con oro. Esa imperfección, esa rotura y esa reparación convierte al objeto en más fuerte y bello de lo que era en un principio. Esta técnica y filosofía de Kintsukuroi también está íntimamente relacionada con la resiliencia, ya que nos enseña que la adversidad puede ser una oportunidad para transformarnos en una persona mucho más fuerte, siendo esas marcas doradas la manera de recordarnos lo que hemos sufrido hasta llegar a ser lo que somos pero que ante esa situación adversa hemos salido reforzados gracias a nuestros recursos interiores que hemos utilizado para avanzar y lograr de nuevo un equilibrio.

 

 

Al igual que la naturaleza es bella, aunque esté llena de imperfecciones, el Wabi Sabi nos transmite que nada en esta vida es perfecto, ni permanente, ni completo y que en ello radica su verdadera belleza.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que, en general, premia al triunfador, ensalza al que destaca, encumbra al que triunfa e idolatra al campeón… Pero que no valora en la justa media a la persona feliz ni a la felicidad como tal relegándola a una posición posterior al triunfo.

Por supuesto que es fantástico aprender, mejorar y evolucionar, pero no deberíamos entrar en conflicto con nosotros mismos y con nuestro entorno buscando ser perfectos a toda costa, como objetivo obsesivo… Pienso que es mucho mejor, al menos para mí lo es, intentar utilizar esas energías en la búsqueda de la felicidad o en el estar en el camino hacia ella de una forma más sencilla.

Si analizamos aspectos más externos, nuestra belleza, edad, arrugas y cuerpo, evoluciona, varía, se modifica y se transforma a lo largo de nuestra vida y no debemos olvidar que al igual que nunca podremos bañarnos en el mismo río, nunca seremos tan jóvenes como hoy… Con esa premisa lo lógico es adaptar también nuestra exigencia de esa subjetiva belleza, que tanto demanda la, en ocasiones, estúpida sociedad actual, al paso del tiempo.

Por supuesto que tenemos todo el derecho del mundo a ser coquetos, sobre todo por nosotros, pero sin que ello se convierta en una obsesión y siempre que ello ayude y aporte a nuestra felicidad.

 

 

La búsqueda de la perfección, en el aspecto más físico del concepto, no viene de un día. Los cánones de belleza han ido evolucionando a lo largo de la historia. Y los gustos, en ocasiones casi imposiciones de la sociedad, en cuanto a simetría, armonía, proporción, tamaño o talla de los cuerpos, igualmente han sufrido cambios a lo largo del tiempo. Genios, artistas, escultores o pensadores, a los que ahora llamaríamos “influencers” han marcado a lo largo de la historia los cánones de belleza que la sociedad debía considerar como adecuados, correctos y hacia los que incitaban a tender. Viendo, por poner un ejemplo, el estudio de las proporciones de Leonardo da Vinci, representado por el hombre de Vitruvio, seguro que me comprendes.

En este aspecto no hemos cambiado mucho, aunque la sociedad ha evolucionado en cuanto a libertades personales se refiere, es muy exigente en el aspecto físico y esa exigencia en gran media viene marcada por lo que nos imponen determinados medios de comunicación y en la última época también por las redes sociales y la “cultura del selfie”. El guapo y delgado es un triunfador, el gordito del montón es un fracasado… Obviamente es una sensación que percibo en el momento actual. No es mi opinión, en primer lugar, porque estoy infinitamente más cerca del segundo ejemplo y no por ello me siento un fracasado y en segundo lugar porque tengo ya una edad y problemas suficientes para que ello no me perturbe.

Estamos marcando unos cánones de belleza, peso o talla, sin más criterio que la moda o la tontería, que la mayoría de las veces son inalcanzables, que no aportan nada más que un aumento en el ego y que psicológicamente llena de frustración y falta de autoestima, sobre todo a jóvenes y adolescentes que se preocupan más de quedar guapas y guapos en instagram que de tener una buena salud física y mental.

 

 

Recuerda que nada en la vida dura para siempre, todo comienza, se transforma y acaba, nada es completo ni perfecto, aprendamos a disfrutar de lo fugaz, de lo imperfecto y de lo incompleto. Parémonos y disfrutemos del momento, permitámonos errar, aprendamos a ignorar y alejar de nosotros lo que nos perjudica, digamos basta cuando sea necesario, no juzguemos ni nos juzguemos y veamos siempre el lado positivo. No busquemos ser tan tremendamente perfectos, intentemos ser un poco más felices y disfrutemos del presente y el ahora sin exigir ni comparar tanto.

 

Rafa Martínez

 

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