24 de Septiembre de 2018
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¿Y si nos entendemos?

René Descartes, el filósofo y matemático francés, padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna, allá por el siglo XVII dijo: “cogito ergo sum”… Para los que, como yo, no dominan el latín o lo hacen pero no les gusta alardear de ello en público, la traducción de la famosa frase es el conocidísimo: “pienso, luego existo” que seguro te resulta mucho más familiar. ¿No?

Hoy en fabricando sueños obviamente no voy a analizar el “discurso del método de Descartes”, nada más lejos de mi intención, de hecho, y para ser sincero, no lo he leído… Me he tomado la licencia de usar su famosa frase para introducir la entrada de hoy en el blog que “versa” acerca de pensar, decir, existir y los problemas que se pueden generar en la correcta comunicación si no se gestiona correctamente la información manejada. Sin ánimo de, como siempre, dar lecciones de nada a nadie, únicamente me limitaré a invitar a que nos hagamos (plural mayestático usado deliberadamente) alguna pregunta, que pienso siempre viene bien.

 

 

Reconozco que, aunque esté mal decirlo, desde hace muchos años en algunas ocasiones digo lo que pienso sin pensar lo que digo… Quizá esta también sea una de ellas, y quizá no sea lo más correcto o no lo más “totalmente correcto” o no lo parezca, pero debo decir en mi descargo que en estos casos también mi sinceridad es ilimitada y ser sincero, también en ocasiones, debería ser de agradecer, o quizá no, o quizá no tanto, o quizá no en todas las ocasiones, o quizá en muy pocas.

Y la verdad, si lo pienso, tampoco tengo muy claro que quiera que sean tan sinceros conmigo y si lo pienso más creo que no tengo claro ni querer ser yo tan sincero conmigo mismo.

Me estoy liando, como en muchas ocasiones, y aunque yo pensaba que era raro, ya que en mi vida es cierto que los malentendidos han supuesto una parte importante de mis problemas, después de leer esta frase de la docente, locutora, coach y actriz Ana María Rossi me siento mucho más tranquilo. Quizá no soy ni tan raro ni tan sincero como pensaba…

“Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que quieres entender, lo que entiendes... existen nueve posibilidades de no entenderse”.

¿Y tú? ¿Piensas lo que sientes? ¿Sientes lo que dices? ¿Crees lo que sientes? ¿Piensas lo que crees? Si realmente entiendes lo que piensas, dices, crees, oyes y sientes, enhorabuena, eres una persona tremendamente afortunada, yo no puedo decir lo mismo, o no siempre o no todo lo que me gustaría.

Acabo de regresar de unos días de “supuesto descanso”, digo supuesto ya que mis vacaciones suelen ser bastante activas y el “descanso” es relativo. Como de costumbre he optado por viajar fuera de España y además de practicar mi deporte favorito, visitar 3 países, 2 islas, 6 aeropuertos y realizar más de 20.000 km… “me he visto obligado” a comunicarme en “lengua extraña”.

 

 

No, no te rías por favor, para mí en plena sociedad de la globalización, el inglés como lengua me sigue resultando un tanto “extraña y parcialmente desconocida”… Además de ser extremadamente duchos en el uso de las nuevas tecnologías, debo reconocer que las últimas generaciones “tienden a ser bilingües” o incluso trilingües y sus posibilidades de entendimiento en pleno “territorio comanche” o en las islas Fiyi son mucho mayores que las mías. En mi época (los nacidos en los aledaños del 66) el inglés o en su caso francés era una asignatura más a aprobar y por desgracia no le dimos, o yo no le di, la suficiente importancia lo cual a día de hoy condiciona, y mucho, la comunicación en el momento en el que rebasamos las fronteras de nuestro país.

Bueno, voy a centrarme que de nuevo me estoy “dispersando” y al final no voy a entender ni yo, lo que escribo, digo o pienso… Aún con las carencias de no dominar una lengua perfectamente, como es mi caso, entenderse en ocasiones puede ser tan fácil o difícil como queramos que sea y las 9 posibilidades de las que nos hablaba de forma tan irónicamente inteligente Ana María Rossi pueden multiplicarse o dividirse en función de nuestra actitud.

En mi caso la aptitud “es la que es”, que no es poca, pero si a todas luces insuficiente, con ello obligo a que mi actitud para comunicarme y sobre todo entenderme o hacerme entender de la mejor forma posible deba multiplicarse para poder “sobrevivir” a este tipo de situaciones.

Este verano he llegado a entenderme con madeirenses e incluso con aborígenes fiyianos, oriundos de Madeira o de las islas Fiyi respectivamente, y sin embargo en ocasiones, en un pasado no tan lejano, no lo he conseguido, o no con la suficiente claridad y/o efectividad, con algún amigo, amiga, compañero de trabajo, pareja o familiar cercano con los que había compartido ciudad de nacimiento e incluso en ocasiones hasta hospital de alumbramiento.

En el primer caso tengo claro que el hambre o las ganas de bucear (en mi caso ambas necesidades básicas) eran razones de peso para activar mi actitud lo suficiente como para alcanzar el entendimiento si no completo si suficientemente aceptable como para completar mis objetivos. En el segundo caso, que es donde surgieron los problemas, parece que el compartir gentilicio tampoco fue garantía suficiente para un entendimiento razonable y debo reconocer que de las 9 posibilidades que tenía de que no llegara a buen puerto la conversación o que la situación se convirtiera en acalorada discusión se cumplieron fácilmente 3 o 4 en cada infructuoso intento de comunicación.

 

 

¿Culpa mía? ¿Culpa del otro interlocutor o interlocutora? No lo sé, pienso que de ambos, creo que en esta vida no hay culpas absolutas, en todo caso hay porcentajes a discutir de la culpa que corresponde a cada parte. Con excepciones, como en todo en esta vida, pienso que habitualmente no fui nunca culpable íntegro ni inocente absoluto en cada situación en la que participe donde no hubo un entendimiento completo o el intento de entendimiento derivó en una discusión, separación o distanciamiento.

Con el fin de seguir mejorando como persona y basándome en mi experiencia personal he llegado al “auto compromiso” de tener y mantener la misma actitud en entender o hacerme entender en mi vida cotidiana, mi día a día, que en las actividades que más me llenan, gustan, apasionan, entretienen o divierten… Es un primer paso para intentar convertir la entelequia de la comunicación humana completa en una realidad más tangible y accesible.

¿Y tu? ¿Crees que entiendes o te entienden?

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